La tecnología suele presentarse como algo que utilizamos. Tomamos el celular, abrimos una plataforma, consultamos una información, respondemos a un mensaje o recurrimos a un sistema de inteligencia artificial. Desde esta perspectiva, habría, por un lado, una persona ya constituida, con sus deseos, pensamientos y elecciones; y, por otro, instrumentos empleados para alcanzar determinados objetivos.
Esta comprensión no es del todo incorrecta. Un smartphone es, de hecho, una herramienta. Una plataforma puede utilizarse para trabajar, estudiar, comunicarse o entretenerse. El problema es que esta descripción ya no parece suficiente ante el lugar que las tecnologías han pasado a ocupar en la vida cotidiana.
No estamos simplemente utilizando dispositivos. Vivimos en entornos cada vez más organizados por plataformas, algoritmos y sistemas digitales.
Nos despertamos con la alarma del celular, seguimos rutas indicadas por aplicaciones, recibimos noticias seleccionadas por plataformas, trabajamos frente a pantallas y terminamos el día recorriendo contenidos elegidos por sistemas de recomendación. Parte de nuestros recuerdos está almacenada en máquinas, nuestros hábitos dejan rastros y nuestras preferencias se transforman en datos. La pregunta, por lo tanto, no es solo qué hacemos con la tecnología, sino qué nos ocurre cuando pasa a integrar de manera continua el entorno en el que vivimos.
Cada época organiza de un modo particular la relación de las personas con el tiempo, el cuerpo, la memoria, el lenguaje y los demás. La escritura modificó la transmisión de la palabra; la fotografía alteró nuestra relación con la imagen y el pasado; la radio, el cine y la televisión crearon nuevas formas de presencia a distancia. Las invenciones humanas nunca han sido completamente neutrales. También transforman a quienes las inventan y utilizan.
Lo que quizá distingue al presente es la intensidad de esa presencia. Los dispositivos digitales nos acompañan durante prácticamente todo el día y se han convertido en parte de los contextos en los que trabajamos, nos relacionamos, buscamos reconocimiento, expresamos opiniones y construimos imágenes de nosotros mismos. Una herramienta puede utilizarse y luego guardarse. Un entorno, en cambio, organiza las condiciones dentro de las cuales tiene lugar la experiencia.
El celular participa de nuestros ritmos, nuestros hábitos y nuestra relación con la ausencia, la espera y la disponibilidad. Las plataformas no solo reciben aquello que decidimos publicar: también seleccionan lo que veremos, lo que se repetirá, lo que adquirirá relevancia y lo que permanecerá invisible. No determinan por completo lo que pensamos o deseamos, pero participan en la organización del campo en el que aparecen pensamientos, imágenes y objetos de deseo.
La atención se ha convertido en uno de los principales territorios de la vida tecnológica. Las notificaciones, los mensajes, los videos breves y las recomendaciones disputan continuamente nuestra capacidad de permanecer ante algo. El flujo rara vez se interrumpe: cuando un contenido termina, el siguiente ya está disponible. Esta dinámica puede producir una experiencia paradójica, marcada por una actividad permanente y, al mismo tiempo, por una dificultad creciente para sostener la atención. Leemos sin detenernos, escuchamos mientras realizamos otra tarea e interrumpimos una experiencia para registrar que estamos viviendo esa experiencia.
Muchas veces respondemos antes de comprender plenamente lo que sentimos. Esto no significa que las personas hayan perdido simplemente la capacidad de atención, sino que la atención se forma hoy en entornos que exigen cambios rápidos de foco, respuestas inmediatas y disponibilidad continua. En la clínica, esta condición puede manifestarse como inquietud ante el silencio, angustia cuando no hay respuesta, sensación de estar siempre atrasado o necesidad de llenar cualquier intervalo con algún estímulo.
El deseo también está atravesado por este entorno. El psicoanálisis ha mostrado que no siempre sabemos por qué queremos lo que queremos. Deseamos de manera contradictoria, repetimos elecciones que nos hacen sufrir e investimos en objetos que no ofrecen la satisfacción esperada. Las plataformas añaden una nueva dimensión a esta relación porque registran comportamientos, identifican patrones y presentan contenidos calculados para aumentar la probabilidad de continuidad, interés o consumo.
Un algoritmo no conoce el deseo en el sentido psicoanalítico. Puede reconocer regularidades en elecciones anteriores, pero no alcanza la singularidad de una historia, la ambivalencia de un vínculo ni el sentido de un síntoma. Aun así, aquello que se calcula regresa a la persona, que pasa a encontrarse con versiones organizadas de sus propias preferencias: aquello que supuestamente le gusta, lo que probablemente comprará, la música que se ajusta a su perfil o la opinión que tiende a confirmar sus creencias.
¿Hasta qué punto elegimos aquello que encontramos y hasta qué punto comenzamos a desear dentro de un campo previamente seleccionado?
Algo semejante ocurre con la memoria. Las fotografías, las conversaciones, los historiales de búsqueda, las agendas y las publicaciones funcionan como extensiones de nuestra capacidad para registrar acontecimientos. Esto puede ser sumamente útil, pero estas tecnologías no solo almacenan recuerdos: también deciden cuándo volver a presentarlos. Una fotografía antigua aparece sin haber sido buscada, una conversación reaparece mediante una búsqueda y una plataforma organiza retrospectivas seleccionando qué acontecimientos representarán un determinado período de la vida.
La tecnología preserva los rastros. Pero preservar un rastro no significa elaborar una experiencia.
El cuerpo también ha pasado a existir como objeto de medición continua. Los relojes y las aplicaciones registran pasos, frecuencia cardíaca, horas de sueño, alimentación, ejercicio, productividad y períodos de descanso. Estos recursos pueden contribuir al cuidado de la salud, pero el cuerpo registrado no es idéntico al cuerpo vivido. Es posible despertarse sintiéndose descansado y, al consultar una aplicación, descubrir que la puntuación del sueño fue baja; o realizar una caminata agradable y, al final, sentir frustración porque no se alcanzó la meta diaria.
Poco a poco, la experiencia comienza a compararse con la interpretación producida por el dispositivo. Los números pasan a participar en la manera en que la persona se percibe a sí misma. Esto puede favorecer el conocimiento y el cuidado, pero también la vigilancia, la ansiedad, la culpa y el distanciamiento de la propia experiencia corporal.
Lo mismo ocurre con la imagen de sí. La identidad nunca ha sido completamente privada: construimos quiénes somos en las relaciones, en el lenguaje, en el reconocimiento, en los conflictos y en las historias que contamos sobre nuestra vida. Las plataformas digitales añaden nuevas capas a este proceso. Los perfiles, las fotografías, los seguidores, las reacciones, los comentarios y las valoraciones pasan a formar parte de la experiencia de reconocimiento, y la presentación de sí corre el riesgo de dejar de ser únicamente una forma de expresión para convertirse en una forma de administración.
Al mismo tiempo, los sistemas producen inferencias. El individuo es clasificado según su edad, ubicación, intereses, comportamiento, poder adquisitivo o probabilidad de realizar una determinada acción. Estas clasificaciones pueden influir en los contenidos, las oportunidades y las elecciones, pero ninguna de ellas agota lo que una persona es.
Siempre existe una diferencia entre el perfil y el sujeto
El psicoanálisis nació de una ruptura con la imagen de un ser humano enteramente consciente, racional y dueño de sus decisiones. Freud mostró que el yo no gobierna plenamente su propia vida psíquica: estamos atravesados por deseos, conflictos, fantasías y repeticiones que no controlamos por completo. Lacan profundizó este descentramiento al mostrar que el sujeto se constituye en el lenguaje y en la relación con el Otro.
Otros autores destacaron la importancia del entorno, del cuidado, de las primeras relaciones, del cuerpo y de los procesos de simbolización. La idea de un sujeto relacional, dividido y no completamente transparente para sí mismo ya estaba, por lo tanto, presente en el psicoanálisis. La condición tecnológica contemporánea exige ampliar esta investigación.
Si el sujeto se constituye en relación con el lenguaje, el cuerpo, los otros y el entorno, debemos reconocer que ese entorno está cada vez más organizado por dispositivos, plataformas y sistemas técnicos. Esto no significa sustituir a los padres, los vínculos, la cultura o el inconsciente por algoritmos, ni afirmar que la tecnología lo explica todo. Significa comprender que ha pasado a participar en las condiciones en las que las ausencias son sentidas, los recuerdos regresan, los objetos son deseados y las imágenes de sí son construidas.
En la clínica, la tecnología no aparece únicamente cuando alguien habla del uso excesivo del celular o de conflictos en las redes sociales. Está presente en la expectativa de respuestas inmediatas, en el miedo a desaparecer del campo visual del otro, en la comparación constante, en la necesidad de rendimiento y en la dificultad para interrumpir los estímulos.
También participa del propio encuadre clínico. En el análisis o la psicoterapia en línea, la cámara, el sonido, la conexión, el espacio doméstico, las notificaciones y la privacidad no son detalles externos: integran las condiciones concretas del encuentro. La presencia deja de depender exclusivamente de la proximidad física. Es posible estar psíquicamente distante en la misma habitación y profundamente implicado en una conversación mediada por una pantalla.
Al mismo tiempo, la mediación técnica produce límites que deben ser reconocidos. Una falla de conexión interrumpe una intervención, la cámara encuadra solo una parte del cuerpo y el paciente puede encontrarse en un entorno en el que no se siente completamente protegido para hablar. La tecnología no anula la relación clínica, pero participa en la forma que esta adquiere.
Podemos llamar condición posontológica a la situación en la que ya no parece suficiente pensar al ser humano como una entidad aislada, estable y anterior a las relaciones que establece. El término no indica la desaparición de lo humano, sino que busca reconocer que el sujeto se constituye en relaciones históricas, corporales, simbólicas, afectivas y técnicas.
No somos completamente autónomos con respecto a los entornos en los que vivimos, pero tampoco somos productos pasivos de esos entornos. El sujeto emerge en ese espacio de tensión, atravesado por el lenguaje, el inconsciente, la cultura, los vínculos y, cada vez más, por sistemas técnicos que registran, seleccionan y modulan partes de su experiencia.
Pensar psicoanalíticamente la tecnología no significa preguntarse únicamente qué nos hacen los dispositivos. Significa investigar cómo participan en las condiciones en las que nos convertimos en aquello que somos. Y significa preservar una diferencia fundamental: entre aquello que puede registrarse sobre una persona y aquello que solo puede surgir cuando encuentra un lugar para hablar.
Es en esa diferencia donde la escucha psicoanalítica continúa encontrando su pertinencia, su responsabilidad y su fuerza.
El Grupo de Estudio sobre Psicoanálisis, Tecnología y Salud Mental investiga cómo las transformaciones tecnológicas contemporáneas participan en la constitución del sujeto, los vínculos, la memoria, el deseo y la experiencia clínica.